El Ruta y Tom Jones
La revista española Ruta 66 es una fuente inagotable... de mierda, en muchos casos, alabando grupos totalmente prescindibles (por no decir malos) o recomendando fervorosamente la obra de artistas que no los conoce ni su madre. Pero más allá de rencores cada número esconde dos o tres notas que realmente valen la pena, reportajes bien formulados a íconos de la malogradacultura rock, biografías de artistas y bandas bastante minuciosas, críticas de discos, conciertos, etc.
Lo primero que me atrajo de ella fueron los contenidos de sus artículos –The Cramps, Rock Books, Sam Peckinpah, Shaft, The Stooges, guía de disquerías de News York – y después lo mucho que sabían y cómo escribían esos tipos. Era muy difícil que no te dejaran con ganas de ver esas películas de 1954 clase B, escuchar esos ignotos grupos que aparecían en sus páginas o conseguir determinado disco de... Roxy Music. El humor, la ironía, el fanatismo y cierta dosis de inocencia, cinismo y desilusión llenaban la revista.
Y esa prosa que por momentos los colocaba en el cielo de la precisión sintáctica y estílistica. Para demostrar eso vaya una crítica a la actuación de Tom Jones en Barcelona, escrita por Jaime Gonzalo, uno de los directores de la misma. Veneno y genialidad.
Son tales los estragos infligidos por el climaterio y la cirugía plástica que en una rueda de reconocimiento su madre tendría serias dudas para identificarlo. Sin embargo 15.000 espectadores no pueden estar equivocados. Ese aerófago hinchazón de carne magra embutido en un traje oscuro de dudoso corte y talla insuficiente debe de ser Tom Jones. Visto el furor colectivo que desata su sola y rechoncha presencia, ha de serlo por narices. La basca petrasca, aturullada tras el bombardeo de “Sex Bomb” que estos últimos meses le ha caído encima, viene expresamente dispuesta a reconocer en las reconstruídas ruinas de hoy el desmoronado esplendor de ayer. En misión de turismo histórico, un público variopinto – carrozas de distintos siglos y chiquillería surtida, pijerío y clase obrera, fanáticos y casuales – redescubre o descubre la versión Isla Fantasía de Elvis Presley, ícono de la virilidad entre antiguas generaciones de amas de casa insatisfechas, pese a la ortopédica actualidad de su redivida carrera fósil preservado en la resina de la memoria, y en el caso de muchos de los presentes perdido en ella hasta hace dos días. Evidentemente, Jones ya no está para trotes y del apolíneo erotismo de currante refinado que rezumaba antaño sólo restan guiños residuales de obscenidad rebajada y algarrobera, que dispensa al ferviente público como quien arroja cacahuetes de consolación a los babuinos del zoo. Basta imaginárselo desnudo para comprender lo grotesco de la situación, pero este bolo lo lleva vendido de antemano. De haber tenido que abonar 5.000 calandrías, yo también sería capaz de correrme y pasar por alto ese prodigioso acto de ventriloquia por el que el viejo Tom canta ante nosotros, mientras su mente, y seguramente su alma también, se halla a remota distancia. Redimido sólo por la automatizada profesionalidad del sudorífero divo, el espectáculo transcurre por los burocráticos cauces de un trámite más o menos lujoso. Una banda inmaculadamente anónima y unos coros de campanillas arropan todo lo que queda en realidad de Jones, esa voz olímpica que, rutinaria, finge la existencia de vida allí donde sólo reside una profunda, estoica fatiga. Entretenedor familiar en viaje de negocios, el maestro del disfraz consideró oportuno despedirse repitiendo “Sex Bomb”, sabedor de que tres cuartas partes del aforo venía a por la sobredosis. Fue un polvo de pago, pero muchos se largaron convencidos de que había sido por amor
Lo primero que me atrajo de ella fueron los contenidos de sus artículos –The Cramps, Rock Books, Sam Peckinpah, Shaft, The Stooges, guía de disquerías de News York – y después lo mucho que sabían y cómo escribían esos tipos. Era muy difícil que no te dejaran con ganas de ver esas películas de 1954 clase B, escuchar esos ignotos grupos que aparecían en sus páginas o conseguir determinado disco de... Roxy Music. El humor, la ironía, el fanatismo y cierta dosis de inocencia, cinismo y desilusión llenaban la revista.
Y esa prosa que por momentos los colocaba en el cielo de la precisión sintáctica y estílistica. Para demostrar eso vaya una crítica a la actuación de Tom Jones en Barcelona, escrita por Jaime Gonzalo, uno de los directores de la misma. Veneno y genialidad.
Son tales los estragos infligidos por el climaterio y la cirugía plástica que en una rueda de reconocimiento su madre tendría serias dudas para identificarlo. Sin embargo 15.000 espectadores no pueden estar equivocados. Ese aerófago hinchazón de carne magra embutido en un traje oscuro de dudoso corte y talla insuficiente debe de ser Tom Jones. Visto el furor colectivo que desata su sola y rechoncha presencia, ha de serlo por narices. La basca petrasca, aturullada tras el bombardeo de “Sex Bomb” que estos últimos meses le ha caído encima, viene expresamente dispuesta a reconocer en las reconstruídas ruinas de hoy el desmoronado esplendor de ayer. En misión de turismo histórico, un público variopinto – carrozas de distintos siglos y chiquillería surtida, pijerío y clase obrera, fanáticos y casuales – redescubre o descubre la versión Isla Fantasía de Elvis Presley, ícono de la virilidad entre antiguas generaciones de amas de casa insatisfechas, pese a la ortopédica actualidad de su redivida carrera fósil preservado en la resina de la memoria, y en el caso de muchos de los presentes perdido en ella hasta hace dos días. Evidentemente, Jones ya no está para trotes y del apolíneo erotismo de currante refinado que rezumaba antaño sólo restan guiños residuales de obscenidad rebajada y algarrobera, que dispensa al ferviente público como quien arroja cacahuetes de consolación a los babuinos del zoo. Basta imaginárselo desnudo para comprender lo grotesco de la situación, pero este bolo lo lleva vendido de antemano. De haber tenido que abonar 5.000 calandrías, yo también sería capaz de correrme y pasar por alto ese prodigioso acto de ventriloquia por el que el viejo Tom canta ante nosotros, mientras su mente, y seguramente su alma también, se halla a remota distancia. Redimido sólo por la automatizada profesionalidad del sudorífero divo, el espectáculo transcurre por los burocráticos cauces de un trámite más o menos lujoso. Una banda inmaculadamente anónima y unos coros de campanillas arropan todo lo que queda en realidad de Jones, esa voz olímpica que, rutinaria, finge la existencia de vida allí donde sólo reside una profunda, estoica fatiga. Entretenedor familiar en viaje de negocios, el maestro del disfraz consideró oportuno despedirse repitiendo “Sex Bomb”, sabedor de que tres cuartas partes del aforo venía a por la sobredosis. Fue un polvo de pago, pero muchos se largaron convencidos de que había sido por amor

8 Comments:
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